Pinceladas de tiempo

Tiempo de referencia; tiempo perdido; tiempo muerto. La vida es tiempo que se hace añicos, tiempo que se agrieta. Tiempo que se cultiva (a veces hay buena cosecha y el tiempo es de jubilo).

La vida es una jugada de bolsa con el tiempo. EL destino es el trato con el tiempo. La gloria, el uso correcto del tiempo. Hay un tiempo para amar y tiempo perdido empleado en su búsqueda. El arte es tiempo.

Josep M. Codina trabaja con el tiempo y en el tiempo. Siempre lo ha hecho.

Codina había pintado la evidencia del tiempo: relojes con agujas impacientes. Obra primeriza. La juventud siempre tiene prisa. Cuadros de una primera época en los que la persona habla con el tiempo, pero aún desde las convenciones de la inexperiencia.

El tiempo es la mayor dictadura para los humanos. Pasa el tiempo. Codina sigue pintando. La marca del artista es la tenacidad. Tetas densas, como el tiempo que representan. Está atrapado por el arte. Y también por el tiempo. Codina aprende que el tiempo es perro viejo. Lo representa enigmático y desconcertante. Es una segunda época del artista. La representación no es literal. Codina pinta lo que no ve. El tiempo que no ve. Pero lo siente.

Ha pasado cierto tiempo. Josep M. Codina nació en Mataró en el año 1958. De eso no hace ni mucho ni poco. Nuestra dimensión del tiempo da risa al Señor del Tiempo. La eternidad es quizás un instante. Codina insiste en el tiempo. Sabe to que vale. Y también aprende a representarlo de forma más inteligente. Sus cuadros son superficies hechas con capas de tiempo. Los materiales son una expresión de ese tiempo: madera, parafina, cera, papel. La preparación necesita tiempo. El proceso también es obra. La pintura como proceso. EL tiempo como material del cuadro. Codina acaricia el tiempo con la preparación del cuadro. El gesto pictórico que da apariencia formal al cuadro es muy sutil. Combina la candidez de un garabato infantil con la cuchillada fría y metálica que mata un tiempo.

Más tiempo aún. Estamos en el presente. Codina presenta su trabajo más reciente (quizás no tan reciente). Es tiempo de galería. Tiempo de mostrar. Tiempo compartido. Hace poco más de un año estábamos en el mismo lugar. Un ámbito familiar (Ambit Galería d’Art). Constatamos que el tiempo ha pasado. Con el paso del tiempo la gran pregunta que surge es si tenemos o no más tiempo. Codina nos da la respuesta. Su hallazgo ha sido descubrir que el tiempo se puede acumular. En sus últimas obras ha cerrado las heridas del tiempo. Las incisiones han dado paso a los pliegues. Cada pliegue es un gesto de tiempo, cada pliegue es un instante. Muchos pliegues forman la vida. Como las pinceladas de Codina. Pinceladas de tiempo.

Jaume Vidal

 

 

Josep M. Codina y la creatividad de la búsqueda constante

El arte es una investigación constante y el que la practica no termina nunca, sino que siempre empieza. Por esta razón: me complace volver a acompañar a Josep M Codina (Mataró, Maresme: 1958) en sus arries­gadas experiencias pictóricas destinadas a encontrar: en el suspirar del Universo, la razón ultima de la exis­tencia humana. Años atrás o hice cuando, con la nave del pensamiento y entre las brumas de la realidad, jus­to aterrizaba en el laberinto de las estructuras. Hace escasos meses, en Salou, junto con mis compañeros de jurado, me fue posible premiar uno de sus cuadros sobre el gran misterio del placer que proporciona la vida. Y ahora lo rehallo de nuevo para hurgar con la palabra escrita en la absorbente herida que a manera de ojos cerrados o de bocas entreabiertas él sitúa sobre la ternura del alma.

Josep M Codina es un pintor de sensaciones. Sus sentidos van más allá de la realidad corpórea, aunque los necesita para captar la armonía del gesto, el gusto de la piel, el ritmo del son, el olor del cuerpo y la suavidad del sexo femenino. Sensual, nunca se queda en las apariencias formales, sino que quiere captar el sentido úí­timo de una convulsión que culmina en el más amoroso de los besos. Pinta por instinto. aunque todo lo ra­zona. Busca, en las técnicas y los soportes que ha utilizado, aquellos elementos que mejor le ayuden a describir de una manera plenamente plástica todo el misterio del amor hacia los demás y hacia uno mismo. Ahora, el papel elaborado a mano, la cera virgen y la parafina son sus aliados para ir hacia arriba, para encontrarse con el primer temblor de luz propia, aquella que, sin saberlo a ciencia cierta nosotros, fue el origen y es el final de la humanidad.

El espíritu es el que origina la materia y ésta se abre y se cierra de acuerdo con lo que deseamos ser. Pero solo podemos saber del interior a fuerza de insistencia. Y esto es lo que hace Josep M. Codina, constante y obsti­nado en su búsqueda de las esencias naturales. De la convulsión al escalofrío, de la conmoción a la impacien­cia, nos explica, quizás ignorándolo incluso, que el placer y el dolor, la plenitud y la carencia, son los funda­mentos de la duda constante en la que vive la eterna creatividad.

Josep M. Cadena

 

 

EL SOPLO DE UNA HUELLA

Josep Maria Codina realiza una obra de una rara sutileza y lirismo. Sobre un papel de calidades matéricas, rugoso y con accidentes, dibuja delicados trazos. Son como improntas o incisiones que sugieren huellas inscritas en la piel, caligrafías, heridas, sexos… Acaso sean abstracciones o estilizaciones de elementos reales, pero intuyo que estos signos poseen una dimensión simbólica. Tengo la convicción de que estas señales transmiten un significado, que configuran un código que guarda un mensaje cifrado. Lo que me propongo es dar un rodeo para aproximarnos a este lenguaje hermético, aunque sé muy bien que nunca podremos agotar completamente su sentido oculto.

La obra actual de Josep Maria Codina parece o aparenta ser un arte abstracto, aspecto éste que puede sorprender, porque en sus inicios el artista hacía una pintura figurativa. Esta contradicción, sin embargo, es aparente, porque como veremos –avanzo mis conclusiones-, se trata de un mismo mundo, de una misma actitud, de una misma manera de afrontar la vida. Frecuentando con asiduidad el estudio de Codina, he tenido la oportunidad de seguir su evolución. Su trayectoria no es lineal, pero existen algunos episodios muy significativos. En algunas de sus obras primerizas -expuestas en 1985-, como “Engranatge temporal” y “Radiografia I”, se describe un universo interior que está más allá de la superficie de los objetos, por debajo de lo visible. En este sentido, el título de “Radiografía I” es toda una declaración de principios. El artista es como el radiólogo que bucea en el interior del cuerpo, en las entrañas. Así también en la otra pieza mencionada, “Engranatge temporal”, cuyo título alude a la descomposición –casi pieza por pieza- de un mecanismo. El artista es quien abre esta caja cerrada, quien nos invita a explorar lo subterráneo, lo que está bajo la piel de las cosas.

Otro hito importante es una serie realizada hacia mediados de los noventa, la de los laberintos. En ella el artista ha introducido ya un cierto tratamiento “informal”: se valoran las texturas, se incorporan suturas en la tela rota… La obra consiste en un fondo de matices de color, como si fueran las brumas o aguas borrosas que deja una sustancia líquida. Pues bien, en esta materia informe, aparece la arquitectura geométricamente pura de un laberinto, un dédalo a modo de relieve en negativo, esto es, vaciado o hundido en aquel paisaje acuoso. Acaso este laberinto sea el subsuelo que por un instante aflora en la superficie del cuadro. Tal vez la pintura posea en su interior otra vida, que es el laberinto enterrado y tan solo entrevisto, y la superficie sea una cobertura que oculta esta estructura secreta. Bajo el cuadro visible parece existir otra realidad

Vemos, pues, que desde sus inicios Josep Maria Codina ha mostrado una misma inquietud: la exploración de lo que está bajo la superficie o la fachada de las cosas. Y esta actitud está tan arraigada en él que ni siquiera es consciente de ello. En una ocasión en la que estábamos hablando sobre el paisaje, me comentó con naturalidad que quería mostrarme unos trabajos suyos, unas marinas. Efectivamente, las piezas eran marinas, pero de una absoluta rareza, porque se trataba en realidad de paisajes del fondo del mar, esto es, –nuevamente- paisajes interiores.

Evidentemente entre su obra actual y este otro trabajo que acabamos de comentar hay un salto importante. Pero interesa señalar la relación de continuidad entre ellas: un anhelo de agarrar lo invisible, la estructura íntima o el alma de las cosas. Detrás de esta actitud subyace la idea del arte como algo esencial, como portador de significados profundos.

De Fautrier a Tàpies, de Beuys a Kiefer hay una filiación artística que considera que la materia es portadora de un significado mítico. Tàpies habla de una realidad “noumenal”, de una energía, una fuerza viva que habita en lo material y que se revela a través del artista. Es un pensamiento mágico que ve en la materia el origen de la vida y, por extensión, del sentido. La materia es también lo inconsciente, lo virginal, el magma de lo indecible… Posee en sí todos los significados, todos los sueños, todas las palabras… Si Josep Maria Codina trabaja en la actualidad con gruesos papeles -que en ocasiones fabrica él mismo- es por una voluntad de profundizar en aquella búsqueda de lo oculto.

Hay una hermosa imagen de Klee que ayuda a entender la creación y el tipo de artista que es Josep María Codina: el árbol que hunde sus raíces en la tierra. Sus frutos emergen de este fondo insondable que es el suelo que pisamos, de lo oscuro, del inconsciente, de lo que tememos… Yo veo a Josep María Codina como el artista-árbol que hace germinar su obra de la materia.

Falta preguntarse sobre las germinaciones de este árbol. A veces se ha dicho de la obra de Codina que se trata de una cartografía íntima, de una especie de autorretrato o autobiografía. Muchos de sus títulos aluden a la piel ¿Acaso son marcas en la piel, como el artista ha querido dar a entender e alguna ocasión? Tàpies, para explicar su trabajo con la materia, aludía, metafóricamente, a que sus improntas eran como graffitis y signos grabados en los muros. Tal vez podamos pensar, con Artaud, que el trabajo de Josep Maria Codina “es la pintura de un hombre que se ha hecho solo, pegándose piel a piel sobre la naturaleza y sobre la pintura (…) Todos los pintores llevan su anatomía su psicología, su saliva, su carne, su sangre, su esperma, sus vicios, sus sanies, su patología, su carácter, su personalidad, su santidad o locura sobre sus telas”. La pintura es –según Artaud- como un tratado escrito sobre piel.

En este sentido, yo veo las señales de Josep Maria Codina como tatuajes, pero en el sentido más profundo que esta práctica puede tener: una escritura que invoca las fuerzas celestes y que al mismo tiempo busca una comunicación con ellas. El tatuaje del indígena sirve a éste para identificarse con el misterio de la naturaleza, para comprenderlo e inmunizarse de él. Así, las improntas y signos de Codina son una suerte de itinerario iniciático y de conocimiento.

Sin embargo, todas aquellas manifestaciones que implican incisiones y huellas llevan también el estigma de la muerte. Una de las piezas más ambiciosas de la exposición, un tríptico titulado “Amantissíma Trinitat”, muestra las huellas de los pies de unos niños directamente grabadas sobre el papel, cuando éste estaba todavía húmedo y fresco. La huella es el rastro de un tiempo que no se volverá a repetir; es el testimonio del devenir, la melancolía del tiempo que pasa. Pero en el acto de incisión hay también un aliento, un soplo de vida, una energía que por un instante alumbra de vitalidad y anima la materia inerte.

En definitiva, hemos hablado de radiografías, de la pintura como un velar y mostrar las cosas, de paisajes submarinos, de materias y pensamientos mágicos… En todo ello existe un hilo conductor, esta inquietud de Josep Maria Codina por penetrar lo inefable. Acaso la manifestación más delicada de esta voluntad se manifieste en el soplo que ha marcado la huella de aquel niño en el cuadro

 Jaume Vidal Oliveras